INVASIONES DE LOS BÁRBAROS EN ITALIA
Ya
desde la época Romana, especialmente durante la decadencia del imperio,
algún pueblo bárbaro invadió Italia, amenazando también
a la misma Roma. Sin embargo, las grandes invasiones, con las cuales se inició
una lenta transformación histórica de Italia, han comenzado en
el segundo siglo con los Godos.
A partir del año 370 los Unos,
luego de haber subyugado a los Godos, invadieron en distintas oportunidades
el Imperio Romano de Occidente por el norte de Italia. Debido a eso, el Emperador
Romano de Oriente intentó, con el envío de tropas a cargo de Giulio
Népote, realzar la suerte de Roma. Sin embargo, nunca
logró echarlos de Italia y, en cambio, estos alcanzaron cada vez más
fuerza, especialmente durante el reinado de Atila
(su invasión en el año 452 fue terrible por su
ferocidad). No obstante, en el año 470, los Unos se retiraron dejando
libre Italia. Esto se debió,
principalmente, a
las ingentes compensaciones económicas
ofrecidas por el Papa y
por el Emperador Romano de Oriente
(Valentiniano III). El territorio italiano quedó, a partir de entonces,
libre de invasores nórdicos, pero sin defensas organizadas.
Sin embargo, a la muerte de Atila, los Erulos,
otro pueblo bárbaro dominado hasta entonces por los Unos, aprovecharon
la situación y, capitaneados por Odoacre,
realizaron una nueva invasión a Italia conquistándola con facilidad.
Odoacre, con gran audacia, logró también hacerse nombrar Patricio
del Senado Romano y, asumiendo el reinado de Italia, determinó
oficialmente el fin del Imperio Romano de Occidente
(año 476).
Odoacre obtuvo, a continuación, importantes éxitos políticos
y militares, logrando que los Vándalos
le cedieran Sicilia y conquistando
la Dalmacia. Pero, al expandir
tanto su reino, Odoacre atrajo la enemistad de los Ostrogodos
que, siempre temerosos de su fuerza, lo habían amenazado con anterioridad.
Efectivamente,
eligiendo el momento oportuno y guiados por el Rey Teodorico,
los Ostrogodos pasaron a la ofensiva invadiendo Italia septentrional y derrotando
repetidas veces a los ejércitos de Odoacre, el cual, en el año
493, se rindió y fue muerto.
Teodorico se convirtió, entonces, en el verdadero
dueño de Italia y logró, a su vez, ampliar su
reino, luchando contra los Griegos,
los Búlgaros y los Suevos.
También, estuvo en guerra contra el Papa
Juan I, logrando aprisionarlo. (Juan I murió encarcelado
en el año 526). Teodorico falleció luego en la ciudad de Ravenna
a los 74 años, dejando un reino con muchas agitaciones populares y sin
un sucesor con la capacidad necesaria para resolver las complejas situaciones
sociopolíticas de aquellos tiempos. Entonces, al evidenciarse una clara
situación de debilidad, el Emperador Romano de Oriente, Giustiniano,
inició una larga guerra contra los
descendientes
de los Ostrogodos y los derrotó definitivamente en el año 552.
En ese momento, los Bizantinos
quedaron como únicos dueños de Italia.
Giustiniano respetó las leyes de Teodorico, introdujo la legislación
Romana y reordenó las Comunas (Municipios). Sin embargo, nunca logró
reunificar el destruido Imperio Romano y fue, además, obligado a sacar
tropas de Italia para defender otras fronteras. De esta manera, el territorio
italiano quedó nuevamente con escasas defensas, permitiendo luego a los
Longobardos emprender la conquista
de Italia.
LOS LONGOBARDOS
Atraídos por el clima suave y por la fertilidad del suelo italiano, los
Longobardos invadieron la península
en el año 568, cruzando los Alpes por el norte (Alpi Giulie), facilitados
también por la escasa resistencia encontrada. Algunos historiadores opinan
que los Longobardos fueron, en su origen, un pueblo
escandinavo. De todas manera se establecieron en Europa
central
(en una zona llamada Panonia) en el curso del tercer siglo, pero su presencia
en el mundo Romano fue observada en Austria
desde mucho antes (año 489). Algunas excavaciones arqueológicas
aportaron valiosos datos sobre su vida primitiva.
Los longobardos, guiados por el Rey Alboino,
en aproximadamente tres años ocuparon casi toda Italia. Solamente la
ciudad de Pavía resistió hasta el año 572 y, una vez tomada,
se convirtió en la capital del Reino. Alboino se había casado
con Rosmunda, hija de su enemigo
Cunimondo, rey de los Gépidos,
al que había previamente asesinado luego de derrotarlo y aprisionarlo.
Dice la leyenda que Alboino obligaba a Rosmunda a tomar vino en el cráneo
de su padre, transformado en tazón. Debido a esto, Rosmunda no tardó
en vengarse, capitaneando una conjura y haciéndolo asesinar en el año
574.
El nuevo Rey, Autari, tardó
diez años para lograr el poder en el Reino, casándose luego con
Teodolinda, mujer que resultó
muy importante en la historia de aquellos tiempos. En efecto, la nueva Reina
(hija del Duque de Baviera) era católica y logró la conversión
del pueblo Longobardo al catolicismo con la ayuda del Papa Gregorio
Magno. Y no se limitó solamente a eso, también
actuó políticamente en el Reino con gran habilidad. Cuando quedó
viuda de Autari, hizo fabricar la famosa Corona
de Hierro [#1],
que inauguró al casarse nuevamente, esta vez con Agilufo,
convirtiéndolo así en el
nuevo
Rey Longobardo (año 591).
En
el año 636, luego de un periodo bastante oscuro, ocupó el trono
el Rey Rotari, que en el año
643 emitió el famoso "Edictum Langobardorum",
constituido principalmente por un conjunto de leyes válidas en el Reino
y que comprendía también los procedimientos administrativos, civiles
y penales. A la muerte de Rotari (año 652), siguió otro periodo
con desórdenes internos y guerras muy largas con los vecinos. Además,
la conversión de los Longobardos a la fe católica no fue muy pacífica,
provocando frecuentes agitaciones sociales que se mantuvieron hasta el año
712, cuando Lituprando tomó
el poder y logró tranquilizar la situación.
Años después, mientras el poder de la Iglesia se hacía
cada vez más fuerte y sus alianzas se extendían paulatinamente,
el Reino Longobardo vivió tiempos muy difíciles, con el mismo
Lituprando y también con su sucesor Rachi
(renunció al trono en en el año 749 por encerrarse, como monje,
en la Abadía de Montecassino). Lo siguió Astolfo
(en el mismo año 749), que enfrentó
las l
uchas
que estallaban constantemente con sus vecinos. En una oportunidad (año
751), los Longobardos atacaron algunos territorios griegos con el propósito
de anexarlos, provocando, de esta manera, la ira del Papa
Esteban II. Para impedir esa ocupación, el Papa pidió
ayuda al Rey de los Francos, Pipino el Breve
(así llamado por su baja estatura). Pipino concurrió entonces
con un poderoso ejército y derrotó a los Longobardos, que fueron
obligados a abandonar los territorios ocupados (año 752).
Un nuevo monarca, Desiderio, fue
coronado luego Rey de los Longobardos (año 759). Desiderio intentó
neutralizar a los Francos proponiendo a Pipino
el
Breve un doble matrimonio: el de sus dos hijas con los dos hijos del Rey de
los Francos (esa idea fue muy apreciada por Berta, esposa de Pipino). Este acontecimiento
pudo lograrse solamente en el año 770, cuando Ermengarda
se casó con Carlos
(el futuro Carlos Magno) y Gerberga
con Carloman, hermanastro del
primero. (Estos nombres femeninos fueron cambiados de acuerdo al idioma de los
Francos. Por ejemplo, le esposa de Carlos, Ermengarda, se llamaba Desideria
en su tierra - como hija de Desiderio-)
Sin embargo, la muerte de Pipino el Breve complicó esta situación
distendida. Los dos hermanastros nunca coincidieron en gobernar la herencia
de su padre, hasta la muerte de Carloman por una grave enfermedad. Carlos pudo,
entonces, dominar el Reino de los Francos y repudió enseguida a su esposa
Ermengarda (año 771) echándola junto con su cuñada viuda
(Gerberga). Ambas regresaron a su tierra (en Pavia). Cabe recordar que la esposa
de Carloman tenía dos hijos que la acompañaron, hecho que hubiera
podido complicar la situación política en el futuro ya que, como
herederos legítimos de Carloman, hubieran tenido algún derecho
sucesorio. Esta hipótesis fue planteada por Barta, madrastra de Carlos
I; sin embargo nada sucedió por todas las acciones que acontecieron de
inmediato.
En efecto, Desiderio (padre de las repudiadas y muy ofendido por esta decisión
de Carlos I), pidió la ayuda papal, que le fue negada por su enemistad
con los Longobardos. Además, el Papa Adriano I nunca hubiera actuado
contra sus aliados Francos. Como represalia,
Desiderio
amenazó con invadir los Estados Vaticanos. Esto resultó un grave
error político, ya que el Papa pidió inmediatamente ayuda a los
propios Francos. El Rey Carlos I entró entonces en Italia con un gran
ejército y derrotó repetidas veces a los Longobardos. Desiderio
intentó todavía una última resistencia en las ciudades
de Pavía y Verona pero fue vencido definitivamente, cayendo prisionero.
Fue trasladado a Francia, donde murió en el año 774.
Desde entonces el Reino Longobardo fue completamente dominado por los Francos, y comenzó la era de su rey Carlos I, que se convirtió más tarde en Carlos Magno.
RESUMIENDO: Desde el principio y hasta ese momento, Italia fue invadida sucesivamente por: los Godos, los Unos, los Erulos, los Ostrogodos, los Bizantinos, los Longobardos y los Francos.
NOTA
IMPORTANTE:
Es bueno mencionar al historiador longobardo Pablo
Diácono
(722-799) y rendirle el mérito que se merece. Diácono fue el escribiente
de los Reyes Rachi, Astolfo y Desiderio. Se instaló luego en Francia,
en la corte de Carlos Magno, donde fue su consejero y amigo. En el año
766 se retiró como monje en el monasterio de Montecassino
(imitando al renunciante Rey Rachi). Durante su retiro monacal, escribió
su libro "Historia Langobardorum",
(ver la ilustración Nº 10) en la cual relata la historia
de su pueblo, desde sus orígenes hasta la muerte de Lituprando. Su obra
tuvo mucha difusión en el medioevo, por medio de numerosos manuscritos
y, luego, desde el año 1514, por emisiones de imprenta.
El mundo de hoy le debe a Pablo Diácono mucho de lo que se conoce sobre
los Longobardos y su historia, junto con el "Edictum Langobardorum"
emitido por el Rey Rotari en el año 643.
Adolfo Ruspini
REFERENCIA
[#1]
- La Corona de Hierro se conserva todavía en la ciudad
de Monza, y está formada por un círculo de hierro recubierto por
seis láminas de oro, esmaltadas en verde y adornadas con piedras preciosas
blancas, rojas y azules colocadas en forma de flor. Esta corona fue ceñida
también por Carlos Magno, cuando fue coronado Rey de los Longobardos
(año 774), y por Napoleón Bonaparte, en el año 1805, en
Milán.