GIUSEPPE VERDI

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La personalidad del Maestro

Verdi, de carácter fuerte, era un hombre severo, pero muy franco y sincero. Como persona, se lo recuerda como poseedor de un fuerte liderazgo natural, unido a dotes de atracción personal no comunes, condiciones que mostró desde el principio de su carrera artística. Efectivamente cabe preguntarse por qué tanta gente, aún los personajes más importantes, creyeron en él, comenzando desde niño con Baistrocchi, desde aprendiz con Barezzi, como estudiante con Lavigna, siguiendo con Merelli, Massini y cantantes como la influyente Strepponi, que tanto lo ayudaron cuando todavía era casi un desconocido. Debemos recordar a todos estos nombres como los creadores, casi los padres del Verdi que hoy admiramos. Para citar un ejemplo, recordamos cómo Merelli, empresario del Teatro Alla Scala de Milán, aceptó que Verdi presentara su primera ópera, "Oberto", sin pedirle siquiera una garantía financiera para cubrir un posible fracaso, confiándole además el libreto del "Nabucco", luego del fiasco que tuvo en su segunda presentación, la ópera bufa "Un día de Reino". La norma de exigir garantías era una práctica común frente a músicos no afirmados y sin renombre, pero a Giuseppe Verdi, que estaba en esta categoría, nada se le pidió.

En cuanto a su
liderazgo, los hechos conocidos hablan de la aceptación natural y sin cuestionamientos, por parte de todos los involucrados en la preparación de sus espectáculos, de cualquier reemplazo o cambio, de grandes a minuciosos, que indicaba el Maestro. En las pruebas, corregía constantemente a los cantantes, pidiendo modificar la forma o la tonalidad de voz con las cuales interpretaban las escenas, para conseguir mayor énfasis o dramatismo. De igual manera intervenía en la orquesta y hasta en la coreografía.  Estaba siempre en la búsqueda de lo que le parecía perfecto.

Sus óperas, hasta el "Nabucco", fueron compuestas con libretos existentes en plaza, pero todas las que compuso después de su triunfo, fueron fruto de un gran trabajo en equipo con los libretistas de su confianza. Era el propio Verdi que imponía los temas. Con los escritores de libretos, trabajaba estrechamente para agregar, eliminar o cambiar detalles para mejorar la ópera a representar (ver en "libretistas"). Verdi fue realmente un gran empresario, además de un genio musical, tal como su benefactor, Angelo Barezzi, lo había previsto cuando aún era jovencito.

Verdi amó el drama, y en casi todas sus óperas manejó los grandes conflictos de los personajes hacia finales trágicos, con resoluciones complejas y piadosas. Su música se adaptó a estas circunstancias, logrando trasmitir en la escena todo el dramatismo de las situaciones trágicas. En varios libretos que pidió a sus escritores preferidos, tomó ideas de grandes poetas, escritores y dramaturgos, tales como Schiller (Luisa Miller y Don Carlos), Shakespeare (Otelo y Falstaff), Victor Hugo (Rigoletto). No obstante, Verdi tuvo, aún en las tragedias, momentos de gran romanticismo, como por ejemplo en "La Traviata", concebida a partir de la novela de Alejandro Dumas "La Dama de las Camelias".

Cuando falleció, Verdi era muy rico, fruto de una excelente administración de sus interesas, ayudado eficientemente por su segunda esposa, Giuseppina Strepponi. Debe reconocerse al Maestro otra gran virtud, la generosidad. En efecto, ayudó en la construcción de Hospitales, Escuelas y Asilos Infantiles, tanto como Teatros (por ejemplo, el de su Ciudad, Busseto). Un año antes de su muerte, inauguró la Casa de Reposo para Músicos, que llegó a alojar a más de un centenar de artistas que no podían sostenerse en la  vejez.
Leyendo su testamento, se puede admirar la generosidad con la cual distribuyó parte de su fortuna a obras benéficas.


La muerte de Verdi

Ocurrió en Milán, el 26 de Enero 1901, a las 2,50 de la mañana, víctima de un ictus. Desde hacía días, Verdi estaba enfermo y los ciudadanos milaneses habían cubierto con paja la calle frente al Hotel Milán de la calle Manzoni para no molestar al querido Maestro (que alocaba allí), con el ruido de las carrozas sobre el piso adoquinado. Estaban presentes, frente a su lecho de muerte, su hija adoptiva María Verdi de Carrara y algunos de sus amigos más cercanos, entre los cuales se encontraban Arrigo Boito (su último libretista), la ex mezzo-soprano Teresina Stoltz, Giulio Ricordi, su editor, y Giuseppe Giacosa, célebre escritor y comediógrafo. En su testamento, Verdi había ordenado que el cortejo fúnebre se realizara bien temprano a la mañana u al atardecer, sin cánticos ni acompañantes para no causar molestias.

Efectivamente, nadie siguió la carroza fúnebre, pero las veredas de las calles por donde pasaba, estaban repletas de gente muy entristecida por la pérdida de ese símbolo nacional, del hombre más amado de Italia e ídolo de Milán, del que compuso la música que acompañó el nacimiento de una nación. Los hombres bajaban la cabeza con el sombrero entre las manos y muchas damas, llorando, arrojaban flores al paso del ataúd, todos en perfecto silencio, respetando las últimas voluntades de ese gran hombre que quiso morir tal como había nacido, en pobreza y sin homenajes.
El cuerpo fue llevado al cementerio
Monumental de la Ciudad, pero el día 26 del mismo mes, fue trasladado, con solemnes funerales, a la capilla de la Casa de los Músicos, fundada por el mismo Verdi el año anterior. Junto al Maestro, se trasladaron también los restos de su segunda esposa Giuseppina Strepponi, su querida "Peppina".

La concurrencia fue imponente y la emoción de todos constituyó el marco adecuado para anunciar, muy tristemente, el fin de una época. El mismo Arturo Toscanini dirigíó compungido el famoso cántico coral:

"va pensiero, sull'ali dorate,
va ti posa sui clivi e sui colli
ove olezzano tiepide e molli
l'aure dolci del suolo natal!..."

Adolfo Ruspini