PROGRAMA DE PREVENCIÓN PARA
LA LUCHA CONTRA EL CÁNCER


CUIDADO CON LO QUE CONSUMIMOS

Desde hace tiempo, existe una contaminación cotidiana que pocos consideramos y cuyas consecuencias constituyen un serio riesgo para nuestra salud.

Siempre llamó la atención que algunos aspectos insoslayables, que deberíamos tener en cuenta a diario, no sean siquiera mencionados en los numerosos textos actuales acerca de la ecología de la contaminación ambiental. A veces, por falta de conocimientos o por desinformación, nos exponemos en forma indiscriminada a que algunos contaminantes ingresen a nuestro organismo (y al de muchos otros seres vivos) sin medir las consecuencias nocivas que nos pueden afectar a corto, mediano o a largo plazo.

En efecto, no es casual que en las últimas décadas el número de casos de cáncer (u otras enfermedades graves) se haya incrementado como producto de las modificaciones ambientales que nosotros mismos generamos y también por la alimentación que consumimos sin prestar la atención adecuada.

Si hablamos de alimentos, recordemos que estos también forman parte del ambiente humano: de su suministro depende nuestra subsistencia y, tomando en cuenta la imprescindibilidad de ese consumo, el mercado utiliza, para ofrecer sensaciones gratificantes u evitar que se deteriore con el tiempo lo que ingerimos, un universo de aditivos de diferentes composiciones químicas y procesos industriales, cuyo único rasgo en común es la presencia de la terminación “Antes” en su denominación.

Así, los conservantes y antioxidantes se utilizan para asegurar una buena preservación de los alimentos, los colorantes, aromatizantes, saborizantes y acidificantes se emplean como modificadores organolépticos, los estabilizantes, espesantes, emulsionantes, aligerantes y gelificantes para garantizar la consistencia que se quiere lograr, o los antiespumantes, clarificantes, filtrantes, floculantes y madurantes como coadyuvantes tecnológicos casi de rutina.

Es bien sabido que determinados alimentos pueden ser alterados por acción directa, en desmedro de nuestra salud, cuando algunos de estos aditivos son utilizados fuera de las normas reglamentarias establecidas, previstas en cada caso, en el curso de su elaboración o distribución.

Como ejemplo citamos a los papeles y cartones que se utilizan profusamente para envasar alimentos a consumir cuando los mismos hayan estado blanqueados con cloro. Si el producto que contienen posee algún tipo de aceite o grasa, puede absorber pequeñas cantidades de ese elemento y, eventualmente, formar dioxina, un poderoso veneno aún en minúsculas dosis. Es por esa razón que el proceso de blanqueado con cloro, más barato que otros métodos, se ha debido modificar (con una fuerte y estricta normativa mediante) en los países desarrollados. Pero en muchas naciones de América Latina aún persiste la duda sobre el método de blanqueado empleado.
Por esa razón, y al tener dudas, es preferible no utilizar leche común en cartones, a pesar de que éstos envases presenten una blancura inmaculada.
Sucede lo mismo con las bandejas de cartón blanco en las cuales se presentan tortas elaboradas con manteca, yemas de huevo u otros ingredientes grasos. El mismo criterio vale para las fuentes y platos de cartón blanqueado cuando se apoyen en ellos comidas con elementos grasos. Siempre por la misma causa, no es conveniente extraer el exceso de aceites en las frituras con papel blanco para escurrirlas.

Otro ejemplo es el envasado de ciertos productos en algunos tipos de plástico que eventualmente alteran la calidad del contenido. A veces, polímeros como el PVC retienen en su matriz subproductos de la fabricación del envase que pueden resultar cancerígenos y teratogénicos, según lo que se coloque en ellos. Estos subproductos pueden “migrar” al contenido en mayor o menor grado de acuerdo con la composición química del mismo. La alternativa es volver a utilizar el vidrio, aunque a veces no resulte tan práctico o barato.

En otros casos, la vieja costumbre de cocinar en cacerolas y ollas de aluminio puede resultar perjudicial a la hora de hacer una compota o conservar su jugo en el mismo recipiente, ya que los ácidos de la fruta disuelven a veces pequeñas cantidades del interior de la vajilla de aquel metal, dañinas para la salud.

Los productos de limpieza son, también, en muchos casos muy contaminantes. Hay un antiguo dicho que reza; casa limpia, salud en peligro, planeta sucio. Ceras artificiales, pomadas para cueros, lustramuebles y pisos son algunos de los productos que contienen compuestos muy tóxicos, como los fenoles. Además, la costumbre de mezclar líquidos limpiadores puede producir vapores tóxicos, como cuando se echa detergente conjuntamente con lavandina en un recipiente para “limpiar mejor”.

Por otro lado, si tenemos en cuenta los artículos de bricolage y productos para desarrollar algunos hobbies, nos encontramos con una cantidad de compuestos orgánicos volátiles tóxicos en mayor o menor grado. Estos están contenidos en solventes limpiadores, pinturas y tintas, pegamentos de contacto y otros adhesivos, materiales de impresión, ceras, “protectores” varios de tejido y de madera balsa, terciada o aglomerados contra hongos e insectos. La lista de compuestos nocivos (1) no pretende constituir un largo trabalenguas químico arduo de comprender, sino simplemente ilustrar la extensa lista de estos compuestos que comparten con nosotros la vida cotidiana.

Además de los compuestos orgánicos volátiles, esta batería de productos se suele acompañar con un arsenal de metales pesados y otros elementos dañinos para los seres vivos, tales como el plomo, el zinc, el cobre, el arsénico, el cromo, el cobalto, el mercurio o el cadmio. Es común que se adicionen algunos de ellos a las pinturas, por ejemplo, para asegurar una menor fotosensibilidad y por lo tanto más perdurabilidad de los colores.

Otros contaminantes domésticos son de muy variada procedencia con incidencia sobre la salud y el ambiente de acuerdo con su diversa índole.

En los últimos años se han editado centenares de libros sobre ecología. Sin embargo, pocos intentan hacer tomar conciencia de la cantidad de elementos y compuestos nocivos que contienen muchos de los productos que consumimos a diario y dar consejos prácticos para reemplazarlos o evitarlos. Estas publicaciones deberían pretender sencillamente, que niños, adolescentes y adultos cambien sus hábitos de consumo en pos de un planeta más limpio, un cuerpo más sano y una mejor calidad de vida.

(1) LISTA DE COMPUESTOS NOCIVOS

Algunos compuestos orgánicos volátiles presentes en productos de consumo cotidiano (artículos de limpieza, para bricolage y otros hobbies, etc.)

n-hexano, heptano, n-decano, tolueno, estireno, etilbenceno, xilenos, p-diclorobenceno, cloruro de metileno, tricloroetano, bicloruro de propileno, etlieno, cloruro de vinilo, bifenilos, tetracloruro de carbono, tricloroetileno, dioxinas, isopropanol, etanol, metanol, kerosene, benceno, etilenglicol, alcohol bencílico, cresol, acetona, metil-etil-cetona, formaldehído (“formol”), acetaldehído, toxilato de alquilo, cloroformo, uretano, ftalato de dioctilo, aminas varias, acrilonitrilo, anilinas, archilamida, edosulfan, ácido fosfórico, ácido acético.

EFECTOS NOCIVOS PARA LA SALUD

Los efectos conocidos sobre la salud por parte de compuestos orgánicos volátiles utilizados en productos de uso cotidiano, son los siguientes:

Irritación en los ojos, aparato respiratorio y otras mucosas, enfermedades alérgicas, neurotoxicidad, efectos adversos en riñón, hígado, corazón y en la circulación de la sangre, leucemias y otros tipos de cáncer, deficiencias en el sistema inmunológico, efectos teratogénicos desde el desarrollo embrionario, anemias, alteración del comportamiento neuronal y de otras células, modificación del metabolismo de algunos iones primordiales como el calcio etc.

Fuente: Hospital de Oncología Maria Curie