TEMAS
DE
REFLEXIÓN

 

LO QUE NO SABE EL ABUELO

Hace unos días recibí un correo electrónico de alguien que quiso enviarme una historia amena referida a los abuelos. Sin embargo, el cuento me hizo pensar, tanto que sentí la necesidad de hacer algunos comentarios sobre las dificultades que sufren las personas mayores en los tiempos actuales respecto a su comunicación con la gente joven. Comienzo con transcribir el mensaje recibido:

«Una tarde, un nieto estaba charlando con su abuela sobre los acontecimientos actuales.

El chicol preguntó:
¿Qué edad tienes abuela?
Ella respondió: Bueno, déjame pensar un minuto...

Nací antes de la televisión, las vacunas contra la polio, las comidas congeladas, la fotocopiadora, los lentes de contacto, la píldora anticonceptiva y el freesbee.

No existían los radares, las tarjetas de crédito, el rayo láser o los patines en línea. No se había inventado el aire acondicionado, los lavavajillas, las secadoras, y las prendas se ponían a secar al aire fresco.

"Gay" era una palabra respetable en inglés que significaba una persona contenta, alegre y no homosexual, al que cariñosamente llamábamos "loco".

De lesbianas, nunca habíamos oído hablar y los muchachos no usaban aretes.
Tu abuelo y yo nos casamos y después vivimos juntos, y en cada familia había un papá y una mamá.

Hasta que cumplí 25, llamé a cada policía y a cada hombre, "señor", y a cada mujer "señora" o "señorita".

Tener una relación era llevarse bien con los primos.

Nuestras vidas estaban gobernadas por los 10 mandamientos, el buen juicio y el sentido común. Nos enseñaron a diferenciar entre el bien y el mal y a ser responsables de nuestros actos.

Si en algo decía "Made in Japan" se le consideraba una porquería y no existía "Made in Korea" ni "Made in Taiwan".

Se podía comprar un Chevrolet Coupé nuevo por 600 dólares (pero, ¿quién los tenía?)
Había tiendas donde se compraban cosas por 5 y 10 centavos. los helados, las llamadas telefónicas, los pasajes de autobús y la Pepsi, todo costaba 10 centavos.

En mi tiempo, "hierba" era algo que se cortaba y no se fumaba; "Coca" era una gaseosa y la música de rock era la que hacía la mecedora de la abuela.

"Chip" significaba un pedazo de madera, "hardware" era la ferretería y el "software" no existía.

Fuimos la última generación que creyó que una señora necesitaba un marido para tener un hijo.
Ahora dime, ¿cuántos años crees que tengo?

“¿Más de cien?”
"No, mi amor……. …………menos de 80!“ »

El cuento termina aquí, pero transmite los inmensos cambios de vida que han acontecido en tan breve espacio de tiempo, tales de permitir que tres generaciones compartieran todas las innovaciones tecnológicas y de costumbres que se han producido en las últimas décadas.

Hoy, respecto al ayer, todo se ha modificado, como asimismo ha disminuido la interrelación entre los miembros de las familias. Claro, la televisión, los juegos electrónicos, los celulares y la computación lo han cambiado todo en muy poco tiempo. Hace dos semanas, durante mi visita a una familia amiga, compartí la siguiente escena:

Un chico de 8 años estaba jugando con una computadora que le había regalado el padre para su cumpleaños. Su abuelo, que estaba presente, se acercó y con ternura y le comentó: «que difícil es esto! como funciona?» y el chico, tan apurado estaba en seguir su juego, le contestó (sic): «Abuelo, esto no es para ti, tu no sabes nada de esto, ocúpate de lo tuyo». Nadie reprendió al muchacho, ni siquiera el padre, solamente se rieron todos. El abuelo se retiró tristemente, en silencio y mortificado.

En épocas anteriores, nunca habría sucedido algo parecido. En las familias, el abuelo era como una institución, una especie de pequeño patriarca que todo respetaban por su experiencia y por los buenos consejos que daba. Los chicos estaban encantados hablando con sus abuelos, escuchando sus cuentos de entonces y dando a ellos un respeto muy natural y merecido.

Lo que escuché de ese niño de ocho años, no constituye un simple episodio aislado, ya que sucede algo parecido en todas partes. Por lo general, los abuelos nada tienen que enseñar a sus nietos y hasta pierden la tradicional atención que tenían en otras épocas y, en muchos casos, hasta el respeto.
Esta es una triste realidad que todos tenemos que aceptar aunque nos duela, y mucho. Sería útil un mejor cuidado en nuestros comportamientos: es absolutamente injusto dejar en soledad a nuestros mayores y, más aún, considerarlos viejos e inútiles.

Alfonso Triboulet